PROYECTO COMUNITARIO

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Mistos Leyendas del Estado Merida...

La Cascada de la India que se Murió de Amor

"Aquella mañana los corazones de los indios Bailadores saltaban de alegría. La princesa Carú, hija del cacique Toquisai, iba a casarse con el hijo del cacique de los Mocotíes, un joven muy apuesto y valiente guerrero. Ya se acercaba la hora anhelada. El Banquete estaba listo y el alma de Carú palpitaba de nervios y canciones.
De pronto, los centinelas que oteaban el horizonte desde los picachos más altos, anunciaron alarma y peligro. Venían unos seres extraños que avanzaban quebrada los soles con sus pechos de hierro y montados en unas bestias enormes.
Los indios Bailadores se prepararon para el combate. Juan Rodríguez Xuárez también alistó a sus hombres.
Fuego, hierro y caballos abrieron un torrente de sangre en el valor de los Bailadores que sólo contaban con sus macanas y flechas.
El monte se fue llenando de cadáveres.
El novio de Carú estaba entre los que encontraron la muerte en el combate. Un dolor insoportable rompió el alma de Carú. No podía ser verdadera tanta desgracia.
El Dios de la vida que montaba en la cumbre de la montaña, la devolvería a su amado, para recorrer junto a él ese largo camino de felicidad que había sido violentamente cortado.
Con una increíble fortaleza que brotaba de su amor, Carú cargó el cadáver cerro arriba. Llegó con él a la cumbre, donde moraba la divinidad, para rogarle que le devolviera la vida. Al tercer día, le fallaron por completo las fuerzas. No pudo proseguir más. Abrazada al cuerpo de su amado, quedó muerta.
El dios de la montaña recogió sus lagrimas y las arrojó al espacio para que su pueblo y todos los que habitaban después estas tierras, conocieran y recorran la suerte de Carú.
Y allí está la bellísima cascada de Bailadores, lágrimas eternas de Carú, sollozo inagotable del corazón indígena”

(Pérez – Esclarín, Antonio.
Leyendas y Tradiciones venezolanas,
Distribuidora Estudios, Caracas, 1996, 16)

Profecía de Caribay

Emilio Menotti Spósito

Una a tarde en que el sol tras la montaña con su carga de plata se perdía, llegué a la gruta de estructura extraña. Me llevaba hacia allá la que acompaña al poeta infeliz: Melancolía.
En la caverna que arropara ante castos idilios y salvajes raptos los besos de pasión de los amantes, el lúbrico danzar de las bacantes y los secretos de infernales pactos, hoy sólo habita un mago misterioso, a quien temen las gentes de la aldea por su vivir huraño y esdeñoso.
Dijérase un patriarca de Athenea que sólo buscaba soledad, reposo lejos de la estultez de la ralea.
Con ademán austero, aquel anciano me dio la bienvenida. Entre las suyas estrechó mi mano, y entré con la inconsciencia del profano que se inicia en la ciencia de la vida.
Pendían de la gruta estalactitas, como cuernos de luz, en caprichosas ondulaciones, raras e infinitas. El agua elaboró las margaritas de nácar y las perlas y las rosas.
Y oí la sabia voz del nigromante, en el severo ambiente de la gruta, resonar lascinante como el silbido de la sierpe astuta:
-¿Qué pretendes de mí? ¿Quieres abrigo? ¿Buscas la soledad de mi existencia? ¿0 en la profunda ciencia del licor enemigo que destruye el amor y la conciencia pretendes, ignorante, tu castigo?
-Quiero saber -le respondí -patriarca o sabio nigroman te o adivino: ¿Las aves volarán del risco andino? ¿Es verdad que abandonan la comarca?.
-Caribay dejó escrito su destino -me respondió el anciano- "...las Cinco Águilas Blancas de la leyenda indígena levantarán su vuelo por el azul magnífico, cuando de nuevo el rubio aventurero escale audaz su nido, en elevado risco donde el venado arisco por res petos al Ches pasa sin ruido; y el pájaro de acero, odioso y atrevido, burle del cerro el milenario fuero... Emigrarán las águilas, impolutas y
dignas, huyendo al hombre estulto de músculos de acero, y las aves de hierro de infernales consignas y graznar agorero..."
Me despedí del viejo nigromante. La luna se mostraba satisfecha de su diaria labor. Resplandecía con el oro de ubérrima cosecha en los trigos en flor de la alquería. La gruta simulaba en la distante y obscura serranía, algo así como el ojo de un gigante, que avizora anhelante de la raza vencida su agonía...

Palabreo de la loca Luz Caraballo

Los deditos de tus manos,
los deditos de tus pies:
uno, dos, tres, cuatro, cinco,
seis, siete, ocho, nueve, diez.
Anónimo venezolano

De Chachopo a Apartadero
caminas, Luz Caraballo,
con violeticas de mayo,
con carneritos de enero;
inviernos del ventisquero,
farallón de los veranos,
con fríos cordilleranos,
con riscos y ajetreos,
se te van poniendo feos
los deditos de tus manos.

La cumbre te circunscribe
al solo aliento del nombre,
lo que te queda del hombre
que quién sabe dónde vive;
cinco años que no te escribe,
diez años que no lo ves,
y entre golpes y traspiés,
persiguiendo tus ovejos,
se te van poniendo viejos
los deditos de tus pies.

El hambre lleva en sus cachos
algodón de tus corderos,
tu ilusión cuenta sombreros
mientras tú cuentas muchachos;
una hembra y cuatro machos,
subida, bajada y brinco,
y cuando pide tu ahínco
frailejón para olvidarte,
la angustia se te reparte:
uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Tu hija está en un serrallo,
dos hijos se te murieron,
los otros dos se te fueron
detrás de un hombre a caballo.
«La Loca Luz Caraballo»
dice el decreto del Juez,
porque te encontró una vez,
sin hijos y sin carneros,
contandito los luceros:
...seis, siete, ocho, nueve, diez...

La Laguna de Urao

Conoces tú, viajero que visitas las altas montanas de Venezuela, conoces tú la leyenda misteriosa de la Laguna de Urao?.

-Oh, no, bardo amigo. Sólo sé de esa laguna que es única en América y que no hay en el mundo otra semejante sino la de Tona, cerca de Fezzán, en la provincia africana de Sukena.

- Oye, pues, lo que dice el libro inédito de la mitología andina, escrito con la pluma resplandeciente de un águila blanca en la noche triste de la decadencia muisca, cuando la raza del Zipa cayó humillada a los pies del hijo de Pelayo.

-¿Y es tan reciente el origen de esa laguna?

- No, esta leyenda corresponde a tiempos anteriores a la conquista europea de América, a la época muy remota en que se extinguió la primera civilización andina, de que hay monumentos fehacientes, cuando invadieron los Muiscas, descendientes de los hijos del Sol, o sea la raza dominadora de los Incas; pero los bardos Muiscas han repetido los cantos melancólicos de aquellos primitivos aborígenes, por ellos conquistados, para llorar a su vez su propia ruina; y por eso refieren la leyenda de la Laguna de Urao al tiempo de la invasión ibérica. Oye, pues, lo que dice el libro ignorado de sus cánticos:

- Cuando los hombres barbados de allende los mares vinieron a poblar las desnudas crestas de los Andes, las hijas de Chía, las vírgenes de Motatán, que sobrevivieron a los bravos Timotes en la defensa de su suelo, congregadas en las cumbres solitarias del Gran Páramo, se sentaron a llorar la ruina de su pueblo y la desventura de su raza.

Y sus lágrimas corrieron día y noche hacia el Occidente, deteniéndose al pie de la gran altura, en las cercanías del Barro Negro, y allí formaron una laguna salobre, la laguna misteriosa del Urao.

-Permite que interrumpa tu relato. ¿Por qué no está allí ahora la laguna que dices?

- Escucha, viajero, lo más que refiere el libro inédito de la mitología andina, escrito con la pluma resplandeciente de un águila blanca en la noche triste de la decadencia muisca:

La nieve de los anos, como la nieve que cae en los páramos, cayó sobre las vírgenes de Timotes y las petrificó a la larga, convirtiéndolas en esos grupos de piedras blanquecinas que coronan la alturas y que los indios veneran en silencio, llenos de recogimiento y de terror.

Un día los índios de Mucuchíes, bajo las órdenes del cacique de Misintá, levantaron sus armas contra el hombre barbado; y las piedras blanquecinas del Gran Páramo, las vírgenes petrificadas se animaron por un instante, dieron un grito agudo que resonó por toda la comarca, y la laguna que habían formado con sus lágrimas se levantó por los aires como una nube, para ir a asentarse más abajo, en el Pantano de Mucuchíes, en los dominios del cacique de Misintá.

Y allí estuvo, quieta e inmóvil, hasta que otro día en que los indios Mucujún y Chama volvieron sus flechas contra el conquistador invencible; y la laguna al punto se levantó por el aire al grito que dieron en la gran altura las vírgenes petrificadas, y fue a asentarse más abajo, al pie de los picachos nevados, al amparo de las Cinco Águilas Blancas, en el sitio del Carrizal, sobre la mesa que circunda las nieves derretidas de la montana.

Y allí estuvo, quieta e inmóvil, hasta otro día en que los coaligados los indios de Machurí, Mucujepe y Quirorá, blandieron también sus macanas contra el formidable invasor. Nuevamente gritaron en el Gran Páramo las vírgenes petrificadas del Motatán, y nuevamente se levantó por los aires la laguna salobre de sus lágrimas para ir a asentarse sobre el suelo cálido de Lagunillas, en aquella tierra ardiente, donde la cana brava espiga y el recio cují florece.

Un Piache maléfico reveló entonces a estos indios el secreto de poder retener la laguna en sus dominios, privándola de la virtud de transportarse como una nube; y el secreto estaba en un sacrificio humano que hacían anualmente, arrojando al fondo de sus aguas un nino vivo para aplacar la cólera de venganza en los altivos guerreros de Timotes, muertos por el hombre-trueno de la raza barbada .

-Esta es viajero, la leyenda misteriosa de la Laguna del Urao, que desde entonces está allí en su última jornada, brindando a la industria su sal valiosa, que es la sal de lágrimas vertidas en las cumbres solitarias del Gran Páramo por vírgenes de soladas del Motatán, en la noche triste de la decadencia Muisca, cuando la raza del Zipa cayó humillada a los pies del hijo de Pelayo.

-Y dime, bardo, ¿volverá la laguna a transportarse algún día por los aires?

-Después de un silencio de siglos, gritaron en la altura las vírgenes petrificadas, el día en que los guerreros de la libertad atravesaban victoriosos por los ventisqueros de los Andes; pero la laguna continuó quieta e inmóvil, detenida por el maleficio del piache que profanó sus aguas. Cuando estas sean purificadas, la laguna misteriosa del Urao se levantará otra vez, ligera como la nube que el viento impele, pasará de largo por encima de las cordilleras e irá a asentarse para siempre allá muy lejos, en los antiguos dominios del valiente Guaicaipuro, sobre la tierra afortunada que vio nacer y recogió los triunfos del hombre-águila, del guerrero de celeste espada, vengador de las naciones que yacen muertas desde el Caribe hasta el Potosí.


Transcrito por: Gustavo Barroeta
Colaborardor de Pa'Mérida.com

El Cacique Murachí y la India Caribay

Murachí era ágil y valeroso, más que todos los indios de la tribu; su brazo era él más fuerte, su flecha la más certera y su plumaje el más vistoso. Cuando les tocaba el caracol en lo alto del cerro, sus compañeros empuñaban las armas y le seguían, dando gritos salvajes, seguros de la victoria.

Murachí era el primer caudillo de las Sierras Nevadas.
Tibisay, su amada, era esbelta como la flexible caña del maíz. De color trigueño, ojos grandes y melancólicos y abundoso cabello. Eran para ella los mejores lienzos del Mirripuy, el oro más fino de Aricagua y el plu maje del ave más rara de la montaña.
Ella había aprendido, mejor que sus compañeras, los cantos guerreros y las alabanzas del Ches. En los convites y danzas dejaba oír su voz, ora dulce y cadenciosa, ora arrebatada y vehemente, exaltada por la pasión salvaje.

Todos la oían en silencio; ni el viento movía las hojas.
Tibisay era la princesa de los indios de la sierra, el lirio más hermoso de las vegas del Mucujún.
Un día salió espantada de su choza y fue a presentarse a Murachí, el amado de su corazón. La comarca estaba en armas: los indios corrían de una parte a otra, preparando las macanas y las flechas emponzoñadas,

-¡Huye, huye, Tibisayl Nosotros vamos a combatir. Los terribles hijos de Zuhé han aparecido ya sobre aquellos animales espantosos, más ligeros que la flecha: Mañana será invadido nuestro suelo y arrasadas nuestras siembras. ¡Huye, huye, Tibisay Nosotros vamos a combatir; pero antes ven, mi amada, y danza al son de los instrumentos, reanima nuestro valor con la melodía de tus cantos y el recuerdo de nuestras hazañas.

La danza empezó en un claro del bosque, triste y monótona, como una fiesta de despedida, a la hora en que el sol, enrojecido hacia el ocaso, esparcía por las verdes cumbres sus últimos reflejos. Pronto brillaron las hogueras en el círculo del campamento y empezaron
a despertar, con las libaciones del fer mentado maíz los corazones abatidos y los ímpetus salvajes.

Por todo el bosque resonaban ya los gritos y algazara, cuando cesó de pronto el ruido y enmudecieron todos los labios.
Tibisay apareció en medio del circulo, hermosa a ¡a luz fantástica de las hogueras, recogida la manta sobre el brazo, con la mirada dulce y expresiva y el continente altivo.
Lanzó tres gritos graves y prolongados, que acompañó con su sonido el fotuto sagrado, y luego extasió a los indios con la magia de su voz,
-Oíd el canto de los guerreros del Mucujún:

«Corre veloz el viento; corre veloz el
agua; corre veloz la piedra que cae de la
montaña.

« Corred guerreros; volad en contra del
enemigo; corred veloces corno el viento,
como el agua, como la piedra que cae de
la montaña.

« Fuerte es el árbol que resiste al vien-
to; fuerte es la roca que resiste al rio, fuerte
es la nieve de nuestros páramos que re-
siste al sol.

«Pelead guerreros; pelead, valientes;
mostraos fuertes, como los árboles, corno
las rocas, como las nieves de la montaña,

«Este es el canto de los guerreros del
Mucujún».

Un grito unánime de bélico entusiasmo respondió a los bellos cantos de Tibisay.

Concluida ¡a danza, Murachí acompañó a Tibisay por entre la arboleda sombría. No había ya más luminarias que las estrellas títílantes en el cielo y las irradiaciones intermitentes del lejano Catatumbo,

Ambos caminaban en silencio, con el dolor de la despedida en la mitad del alma y temeroso de pronunciar la postrera palabra ¡Adiós!.

Hay un punto en que los ríos Milla y Albarregas corren muy juntos casi en su origen. Los cerros ofrecen allí dos aberturas, a corta distancia una de otra, por donde los dos ríos se precipitan, siguiendo cañadas distintas, para juntarse de nuevo y confundirse en urjo solo, frente a los pintorescos campos de Liria; besando ya las plantas de la ciudad florida, la histórica Mérida. En aquel punto soli-
tario, encubierto por los estribos de la serranía que casi lo rodean en anfiteatro, Murachí tenía su choza y su labranza.

- Tibisay --dijo a su amada el guerrero altivo- nuestras bodas serán mi premio si vuelvo triunfante; pero si me matan, huye, Tibisay, ocúltate en el monte, que no fije en ti sus miradas el extranjero, porque serías su esclava.

El viento frío de la madrugada llevó muy lejos a los oídos de Murachí los tristes lamentos de la infortunada india, a quien dejaba en aquel apartado sitio, dueña ya de su choza y su labranza.

Cuando la primera luz del alba coloreó el horizonte por encima de los diamantinos picachos de la Sierra Nevada resonó grave y monótono el caracol salvaje por el fondo de los barrancos que sirven de fosos profundos a la altiplanicie de Mérida. Los indios, organizados en escuadrones, estaban apercibidos para el combate.

Pronto se divisó a lo lejos un bulto informe que avanzaba por la planicie; el cual fue extendiéndose y tomando formas tan extraordinarias a los ojos de los indios que el pánico paralizó sus movimientos por algunos instantes, pero la voz del caudillo la turba se precipita como desbordado torrente, prorrumpiendo en gritos horribles y llenando el aire con sus emponzoñadas flechas.

Murachí iba a la cabeza; blandiendo en alto la terrible macana y transfigurando el rostro por el furor.

Súbita detonación detiene a los indios; palidecen todos llenos de espanto; se estrechan unos contra otros, dando alaridos de impotencia; y bien pronto se dispersan, buscando salvación en los bordes de los barrancos, por donde desaparecen en tropel.

Sólo Murachí rompe su macana en la armadura del que fuera conquistador, sólo el bravo Murachí ve de cerca aquellos animales espantosos que ayudaban a sus enemigos en la batalla, pero también sólo él ha quedado tendido en el campo, muerto bajo el casco de los caballos.

El clarín castellano tocó victoria y la tierra toda quedó bajo el dominio del Rey de España.

Cerca de las márgenes del apacible Milla, en aquel sitio apartado y triste, abrióse un hoyo al pie de la peña para sepultar a Murachí, con sus armas, sus alhajas y las ramas olorosas que Tibisay cortó en el bosque para la tumba de su amado.

Tibisay vivió desde entonces sola con su dolor y sus recuerdos en aquella choza querida. Sus cantos fueron en adelante tristes como los de la alondra herida. Los indios la admiraban con cierto sentimiento de religioso cariño, y la colmaban de presentes. Era para ellos un símbolo de su antigua libertad y al mismo tiempo un oráculo que consultaban sigilosos. Ya los españoles señoreaban la tierra y obernaban a los indios. Sólo Tibisay vivía libre en la garganta de aquellos montes o entre las selvas de sus contornos, pero era un mis-
terio su vida, algo como un mito de los aborígenes, que atraía a los españoles con el fantástico poder de las ficciones poéticas.

Ningún conquistador había logrado ver la todavía, y sin embargo; nadie ponla en duda su existencia. Decíanles los indios que era una princesa muy hermosa, viuda de un guerrero afamado, a quien había prometido vivir escondida en los montes mientras hubiese extranjeros en sus nativas Sierras.

Era un encanto la voz de la fugitiva, que los cazadores oían de vez en cuando por aquellos agrestes sitios, como el eco de una música triste que hería en la mitad del alma y hacía saltar las lágrimas. En sus labios el dialecto muisca, su lengua nativa, sonaba dulce y melodioso y no era menester entenderlo para sentirse conmovido el corazón.

Tulio Febres Cordero
Tomado de la revista "El Cojo Ilustrado" Nro 148, Caracas 15/02/1898